Mataderos: avanza una ley para regularizar a los clubes de barrio
La Legislatura porteña aprobó en primera lectura un régimen excepcional que condona deudas formales y da un certificado transitorio a clubes y asociaciones civiles. En Mataderos, donde las canchas y los gimnasios sostienen el barrio, el texto apunta a las instituciones que no son grandes contribuyentes.
En Mataderos el club de barrio no es un accesorio: es el lugar donde se entrena, se come el sábado, se arma el festival y, muchas veces, se cubre lo que la escuela o la plaza no llegan a cubrir. Por eso la primera lectura que aprobó la Legislatura de la Ciudad —un régimen excepcional para regularizar clubes y asociaciones civiles— se lee acá con otra urgencia que en un despacho céntrico.
El proyecto, votado con 53 afirmativos en sesión ordinaria, propone condonar deudas, multas, recargos e intereses nacidos de incumplimientos formales o de obras hechas sin habilitación. Quedan afuera las faltas de seguridad o salubridad. Pueden entrar entidades con al menos diez años de actividad, sin explotación comercial o profesional, y que no figuren como grandes contribuyentes ante la AGIP. Ese recorte no es un detalle: describe al Cárdenas de Cárdenas y Carhué, al Sol de Mayo, a las instituciones de Los Perales y a decenas de clubes de la Comuna 9 que viven de la cuota, del kiosco y del voluntariado.
El corazón operativo es un Certificado Transitorio de Regularización Administrativa y Funcionamiento. Vale hasta 360 días, se puede prorrogar una vez y, mientras rige, protege de clausuras y ejecuciones si el club avanza un plan de adecuación. Si la autoridad no responde en 60 días hábiles, el beneficio entra de oficio. La Agencia Gubernamental de Control conserva la potestad de inspeccionar, pedir papeles y revocar el certificado si hay datos falsos, riesgo estructural o fallas graves de incendio.
Quienes empujaron el texto —Fedeciba, la Confederación Argentina de Clubes, Fedecid, Ficba, Fescbu, Osecba, el Observatorio de Clubes de la UMET, el Foro Social del Deporte, la Red por el Deporte y la Inclusión Social y FODA, junto a los consejeros asesores Ana Rodríguez y Juanchi Bruera y la Comisión de Turismo y Deportes— insisten en que no se trata de un perdón ciego. Hablan de adecuar seguridad, higiene e infraestructura a la antigüedad real de los edificios. En Mataderos eso significa canchas de tierra, vestuarios de los años setenta y techos que se parchean cada invierno.
La segunda lectura todavía falta. Hasta entonces, el aviso para el vecino es concreto: si el club de la cuadra entra al régimen, puede seguir abriendo la puerta mientras regulariza papeles. Si no entra, la clausura sigue siendo una amenaza. En un barrio donde “una hora más en el club es una hora menos en la calle” no es un eslogan de gimnasio sino una frase que se lee en el Cárdenas, esa diferencia se mide en pibes que entrenan o que se quedan afuera.
Queda un matiz que los clubes de Mataderos conocen de memoria: regularizar no es lo mismo que financiar. El certificado tapa la ejecución, no compra el matafuego ni el hormigón del techo. Fedeciba y el resto de las federaciones piden que el Estado mire la preexistencia —edificios de los años treinta y cuarenta, ampliaciones hechas por socios— y no pretenda el mismo plano que un gimnasio nuevo de Palermo. El comunicado de las impulsoras habla de “tarea social, deportiva, cultural, recreativa y comunitaria”. En este barrio eso se traduce en baby fútbol, copa de leche y peña.
Conviene seguir la segunda lectura y, sobre todo, el reglamento de la autoridad de aplicación. Ahí se verá si el trámite cabe en la carpeta de un tesorero voluntario o si se vuelve otro escritorio inalcanzable. Mientras tanto, la pregunta útil para el vecino de Mataderos es simple: ¿el club de la esquina ya empezó el expediente?